martes 17 de enero de 2012

Historia de vampiros

Este relato corto era originalmente un guión para una antología de historias de vampiros que creo que me propuso Manuel, al final no lo hicimos.


¡Vampiro!

De Gonzalo Hernández Viciana

Mientras corro por el desierto, intentando huir de una muerte inminente, repaso en mi mente los hechos que me han conducido hasta este momento. No me queda mucho tiempo, porque la oscuridad se desvanece por momentos, y siento que a mi espalda el sol está a punto de salir. Todo empezó anoche, en el bar de carretera de mala muerte donde había quedado con el ruso. ¿O era rumano? Qué más da, está muerto. El caso es que para ser un tugurio había mucha gente, y muchas tías buenas, aunque supongo que eran profesionales de la noche. El sitio estaba muy oscuro, con las luces parpadeantes esas que no sé porqué le gustan a la gente si dan dolor de cabeza. El ruso estaba en la barra, sin hacer caso de las chicas. Me presenté, y me miró de arriba abajo, como si no se pudiera creer que yo pudiera hacer chanchullos de drogas. Será porque siempre voy bien vestido, con un traje que vale más que lo que gana la gente en un mes, o por mi cara de niño bueno. Le dije que si lo hacíamos entonces o esperábamos al día siguiente. Me dijo que tenía que ser esa noche, que no le gustaba la luz del sol. Un animal nocturno, como yo. Pagó su copa y salimos fuera. El muy imbécil quería hacer el intercambio allí mismo. Le dije que no, podía vernos alguien. Así que nos subimos en mi Mercedes SLK y nos alejamos varios kilómetros.
Al salir de la carretera empezaron mis problemas. Llevaba apenas cinco metros cuando sonó una explosión. La rueda delantera derecha se había pinchado. Una rama de un árbol la había perforado. Lo curioso es que no había ningún árbol. Estábamos en medio del desierto. No había nada más que tierra y arena. El tipo me preguntó si tenía una rueda de repuesto. Le dije que no, precisamente la que tenía era falsa, un compartimento para llevar la droga. Me dijo que si hacíamos entonces el trato. Asentí, no teníamos nada que hacer de todas formas, excepto esperar que pasara un coche, por allí pasaban muy pocos, y menos de noche. El precio ya estaba acordado, pero le dije que tenía que probar la mercancía primero. Me dijo que no había problema, que era algo nuevo, muy muy potente, y que iba a gustarme. Bajo la luz de los faros sacó una bolsa de pastillas mucho más grande de lo que habría imaginado de un bolsillo oculto de su chaqueta. Eran rojas, oscuras, del tamaño de una aspirina, y con una V marcada en el centro. Me tragué una sin pensar. Inmediatamente se me aceleró el pulso y se me dilataron las pupilas. Podía ver mejor en la oscuridad y me molestaban las luces del coche. Me invadió la euforia. Le pagué inmediatamente, me dio las pastillas y las dejé en el asiento. Ya las escondería más tarde. Estaba disfrutando. Le dije que si no quería una, que le invitaba. Me contestó que no, que quería estar bien por si venía alguien. Perdí el equilibrio y me tuve que sentar en el suelo, manchando el traje. Pero no me importó. Empezó a decirme algo, pero no entendía sus palabras. Me empecé a reír, explicándole que no sabía lo que decía. Y lo que veía tampoco tenía sentido. El coche medía ahora el triple, y parecía más siniestro. Las estrellas se apagaron, y sólo veía los faros. Un sudor frío empezó a recorrerme el cuerpo. Empecé a rascarme: las piernas, los brazos. El cuello. El ruso me señaló con expresión de asombro. Señalaba mi hombro, o mi cuello. De pronto me dio la sensación de que sus ojos me penetraban, y de que su boca se hacía más grande. Se acercó a mí, me cogió las manos y me habló. Sentí que se cerraban mis ojos.
De pronto me di cuenta. Su boca estaba abierta, y sus dientes eran enormes. Mire de reojo hacia mi hombro. Tenía manchas de sangre. No podía ser. El ruso era un vampiro, y acababa de morderme. La adrenalina, o mis nuevos poderes vampíricos, me dieron fuerza. Me solté y lo empujé hacia el coche. Peleamos a la velocidad del rayo, nuestras fuerzas igualadas. Pero él tenía más experiencia en sus poderes, y se desvanecía de vez en cuando. De pronto me encontré tirado en el suelo mientras él me sujetaba. Estaba seguro de que era mi fin, pero mi mano dio con la salvación. La rama afilada del árbol. Una estaca de madera de la que habría estado orgulloso un cazador de vampiros. Se la clavé y cayó instantáneamente. Pensé que se convertiría en cenizas o algo así, pero sólo se quedó inmóvil. Intenté calmarme. Me toqué los colmillos. Estaba seguro de que me estaban creciendo por momentos. Qué suerte la mía. Comprarle droga a un traficante vampiro. Tenía sentimientos encontrados. Por una parte sentía euforia de haber vencido, y ahora sentía que era poderoso. Pero también sentía miedo. ¿Por qué? ¿Era mi mente humana, incapaz de aceptar la realidad? ¿O era otra cosa? Miré alrededor, con mis sentidos agudizados. Ahora podía oler mejor. La colonia barata del ruso, su after shave. Supuse que hasta los vampiros tenían que afeitarse. ¿Aunque si estaban muertos por qué les crecía la barba? Dejé esos pensamientos a un lado cuando me di cuenta de que mi vista era la de un depredador nocturno. Ahora sí que veía en la oscuridad. Eran las seis de la mañana y podía ver como si fuera... Con razón veía tan bien, estaba a punto de amanecer. Me reí. Entonces me di cuenta de porqué mi mente llevaba un rato con miedo. Estaba a punto de amanecer. Y yo era ahora un vampiro. Y a los vampiros no les sienta nada bien la luz del sol. Frenético, miré alrededor. Ningún lugar donde ocultarse. En el coche entraba luz por todas partes. Comprobé el maletero. Apenas cabrían unos palos de golf, menos una persona. ¡Tenía que haberme comprado un Cayenne y no un estúpido deportivo! Me invadió el pánico. Las montañas estaban en el horizonte, una silueta insinuada en el infinito. Entonce me acode del bar. Estaba lejos, cierto, imposible para una persona a pie llegar a tiempo. Pero ahora era un vampiro, y mi velocidad y resistencia podrían darme una oportunidad. No lo pensé, cogí las pastillas y empecé a correr, como alma que lleva el diablo, lo que en mi caso era verdad.
Sigo corriendo, y casi noto el calor del sol en mi espalda. Estoy agotado y todavía no veo el bar. No voy a conseguirlo. Tengo que seguir. Pero tropiezo y mientras caigo reflexiono que mis reflejos vampíricos todavía no son todo lo buenos que deberían. Me quedo tumbado boca arriba. Esperando el final. Miro el cielo, rojo, y aprieto los dientes. A lo mejor ahora sí hay cenizas. Entonces sucede lo imposible. La luz del sol me ilumina. No exploto, no ardo, no pasa nada. ¿A lo mejor es como en la película esa, que los vampiros sólo brillan de día? Yo no brillo, pero no me importa. ¿O es otra cosa? Me tomo el pulso. Empiezo a saltar y a gritar de alegría. ¡Estoy vivo! El vampiro no llegó a transformarme. ¡Seré idiota! ¡Tenía que haber bebido su sangre! Grito al cielo y cierro los ojos, feliz. Entonces siento un golpe en la cabeza. Caigo mareado. Me han golpeado con una piedra. Giro el cuello y alcanzo a ver al vampiro, con la estaca llena de sangre en una mano y una piedra en la otra. -¡Tú estás loco!- Me grita y me vuelve a golpear con la piedra en el pecho. Pero no me duele, porque no siento nada. Creo que me ha roto el cuello. -¿A ti que te pasa?- Me repite una y otra vez. -Hacemos el trato, te sientas a disfrutar, y de pronto te estás rascando el cuello tan fuerte que te haces sangre. Intento ayudarte y empiezas a gritar como un loco y a pegarme. Y me clavas esto. ¡Por poco me matas! Pero no lo has hecho, así que te voy a devolver el favor. No voy a matarte. Te voy a dejar aquí, igual que has hecho conmigo. Y me llevo esto.- El ruso me registra, coge las pastillas y se va. No puedo moverme. Sólo mirar al cielo, que ahora es de un azul brillante. Creo que voy a morir.



domingo 8 de enero de 2012

Otro relato corto


EL DIA QUE NUNCA EXISTIÓ

Por Gonzalo Hernández Viciana


Todo había sido muy precipitado. El mensaje en clave en el foro de internet (que trataba supuestamente de ofertas de segunda mano), la breve conversación y la carrera en taxi al aeropuerto desde la cabina telefónica. Ni siquiera había tenido tiempo de hacer la maleta. La ropa no le importaba, y en cuanto al arma, la adquiriría como siempre en su destino. Le preocupaba tener que deshacerse de su navaja suiza en el aeropuerto, así que antes de pasar el control de seguridad se metió en los aseos y la escondió en el falso techo. La recuperaría a la vuelta. Tuvo cuidado de sacar de su bolsillo el pasaporte adecuado (llevaba dos encima como regla) y contuvo la respiración un segundo mientras lo comprobaban. Aunque se consideraba un profesional con mucha experiencia, sabía que había factores incontrolables, y un pasaporte falso, por muy bueno que fuera, era algo impredecible.
El policía le devolvió el documento y el billete con expresión aburrida. Una vez superado el obstáculo, se permitió sonreír. No tenía que haber dudado del pasaporte, le había costado una fortuna e incluso le habían dicho que no era una falsificación, era auténtico, excepto por la identidad. Ahora debía buscar información sobre su objetivo, ya que sólo le habían dado un nombre y una dirección. Lo primero era ponerle rostro, y para eso no había nada mejor que internet y el generoso wifi de los aeropuertos. Mientras esperaba el embarque buscó a su objetivo en un portátil, pero no encontró nada. Había referencias, pero ninguna fotografía. Sería algo más complicado, pero nada que no le hubiera pasado antes. En los viejos tiempos no disponía de facebook y eso no le había impedido trabajar. Buscaría al objetivo, conseguiría una confirmación de su identidad por una tercera persona, o quizás por el mismo blanco, y actuaría. La gente era asombrosamente honesta, pensó. Les preguntabas su nombre y te lo daban sin pensarlo. Sonrió al pensar que para saber su nombre él sí tenía que pensarlo: ¿Qué pasaporte estaba usando? ¿Cuál era su otro nombre? ¿Cuál era su auténtico nombre? Si alguna vez volvía a su antigua vida, cosa que no pensaba hacer por el momento, habría tardado un tiempo en reconocerse. Esos pensamientos le distrajeron y no le dio tiempo a buscar nada más cuando anunciaron su vuelo. Pero no tenía por qué preocuparse, al llegar a Australia tendría que esperar casi dos horas hasta coger su siguiente vuelo. Y en Wellington también tendría que esperar. Disponía de tiempo de sobra. Pensó que intentaría dormir en el avión y al aterrizar planearía su estrategia.
Se despertó terriblemente asustado. Tuvo una pesadilla. ¡Había olvidado algo, algo muy importante, que le llevaba a fallar la misión! Respirando fatigosamente miró alrededor y se tranquilizó al comprobar que estaba en el avión, las azafatas iban arriba y abajo por el pasillo mirando que los pasajeros llevaran abrochado el cinturón de seguridad. Estaban a punto de aterrizar en Sídney. Todo iba bien, pero no pudo evitar repasar mentalmente lo ocurrido hasta entonces. Necesitaba asegurarse de que no había dado ningún paso en falso. Aquel asunto había comenzado con mal pie. Nunca le habían gustado las prisas, inducían a error. Y el cliente había sido muy claro. Le repitió tres veces que el trabajo tenía que estar hecho antes del domingo, uno de enero de 2012. La fecha era vital. Si fallaba, le advirtió de una manera que le sonó a amenaza, tendría consecuencias. Si el objetivo no estaba muerto antes de esa fecha, insistió en que no se molestara, ya que en aquel asunto, lo más importante era cumplir el plazo.
Reflexionó que las exigencias de aquel tipo eran normales. A veces tenía que parecer un accidente. Lo más fácil era hacer que el coche cayera por un barranco, que le fallaran los frenos. Recordó la vez que tuvo que chocar de frente contra el coche de su objetivo. Fue sin duda su trabajo más arriesgado, pero no había otro modo. Tuvo que sacrificar una identidad falsa, creada durante dos meses durante los cuales tuvo un trabajo de verdad, y soportar un juicio por homicidio involuntario, del que fue absuelto gracias a su intensa preparación previa. El “accidente” fue causado por una serie de “errores” impredecibles: a él se le cayó el teléfono móvil y no pudo ver el semáforo “averiado” (no lo había roto para no causar sospechas, pero durante dos meses había provocado fallos continuos para que los técnicos dijeran en el juicio que fallaba por un fallo de corriente determinados días a determinadas horas, algo que ver con sobrecargas de la red eléctrica). En otra ocasión le habían dicho lo contrario, no sólo debía parecer lo que era, un asesinato, sino que el asesino además debía demostrar una extrema crueldad. Una clara y contundente advertencia. Personalmente le disgustaba hacer sufrir a sus victimas, prefería un tiro en la cabeza, el objetivo ni se enteraba, y todo acababa allí. Pero en aquel repugnante caso, los mejicanos habían querido algo asqueroso y lo había hecho, sabiendo que ya no se podía echar atrás. Era un profesional, y el hecho de descuartizar el cadáver de determinada manera le había permitido usar su sistema (un tiro limpio) y dejar los restos de tal forma que los clientes no sólo no sospecharon que no lo había torturado, sino que se mostraron muy satisfechos y le pagaron más de lo acordado inicialmente.
Tener que cumplir un plazo de menos de una semana no era nuevo para él, aunque detestaba ir tan justo de tiempo. Cuanto más se estudiara un trabajo, mejor salía. Sabía que tenía muchas cosas que hacer. Buscar un hotel, conseguir un arma, aprender lo que pudiera acerca del entorno del objetivo y comprobar las vías de escape. Además, como siempre, tener un plan B. Siempre que pensaba uno (nunca escribía nada que pudiera delatarle, lo guardaba todo en su cabeza) se lo imaginaba con B mayúscula. Después de todo, era importante. Podía salvarle la vida.
De momento tenía que centrarse en el tiempo de que disponía. Había salido de Los Ángeles un lunes por la noche, y estaba aterrizando en Sídney... ¿Qué hora era? ¿Qué día era? Lo de cruzar la línea internacional era una complicación adicional que nunca había entendido del todo. La azafata le dijo que eran las 8:20 de la mañana del miércoles. ¡Miércoles! ¡Todo estaba pasando demasiado aprisa! Su mente se aceleró. Intentaba que se mantuviera alerta sobre su siguiente vuelo. Su enlace con Wellington era a las 9:20, y ya tendrían que haber aterrizado. Volvió a llamar a la azafata, que se lo confirmó. Sí. Llevaban retraso, pero no debía preocuparse, intentarían que el vuelo de Wellington le esperara, y si ello no era posible, le embarcarían en el siguiente. Salía un vuelo cada dos horas. Al aterrizar, se colocó de los primeros para salir del avión, corriendo, y tras una larga carrera se encontró con que el vuelo estaba cerrado. Miró a través de las enormes cristaleras y pudo verlo avanzar por la pista. Un empleado de la línea aérea le informó que podrían colocarle en el vuelo de las cuatro, en primera clase. La sonrisa profesional del hombre perdió fuerza al comprobar los datos de enlace. El avión llegaría a Wellington a las 19:20 de la tarde. Por lo tanto, lamentaba decírselo, también había perdido el vuelo a Samoa de las 18:45. ¡Pero la línea aérea se haría cargo de su hotel y le pondría en el siguiente vuelo! El jueves a las...18:45. -Por lo visto sólo hay un vuelo diario a Samoa –murmuró el empleado intentando aplacar la evidente ira del cliente.
¡Nada estaba saliendo bien! Pensó enfadado consigo mismo. Si llegaba el jueves por la noche a su hotel no tendría oportunidad de buscar un arma adecuada hasta el viernes, aunque quizás podría vigilar la dirección de su objetivo, incluso intentar verlo. Le vendrían bien unos prismáticos, y en aquella ocasión con las malditas prisas no los había cogido. Decidió que los compraría en el aeropuerto. Se consideraba un profesional, y debía adaptarse a las circunstancias. No encontró los adecuados, aunque compró una cámara de fotos con un zoom bastante mejor de lo que habría conseguido con unos prismáticos. Eso sí, tuvo que pagar una pequeña fortuna. Uso un cibercafé para comprobar las regulaciones sobre adquisición y uso de armas en Samoa. Buscó fotos de los uniformes de policía y sus coches, cuáles eran las costumbres locales, y se sorprendió cuando vio que hacía un par de años habían cambiado el sentido del tráfico. Ahora los coches circulaban por la izquierda, para poder comprarlos en Australia, Nueva Zelanda o Japón, los países con los que Samoa comerciaba más. Se sentía satisfecho de haber podido recuperar algo de su día perdido, pues todavía no terminaba de entender dónde se había quedado su martes, y se sentó a esperar su vuelo. Le gustaban los aeropuertos. Eran sitios estériles, pero paradójicamente los lugares más anónimos en donde uno podía estar.
Voló a Wellington. Le acomodaron en un hotel de lujo, pero de aeropuerto. Al día siguiente esperó paciente su vuelo. Harto de vuelos y de horarios, aterrizó en Samoa. Cuando finalmente entró en el hall de su hotel en Apia, la capital, el jueves casi a medianoche, se sintió agotado. Pero sabía que no podía descansar, sólo tenía aquella noche del viernes para prepararlo todo y poder llevar a cabo el trabajo el sábado. Los plazos mandaban en aquel asunto. El cliente se lo había repetido. Lo fundamental era que todo quedase liquidado en 2011. Sabía que se estaba quedando sin tiempo. Salió del hotel, sintiendo como el calor tropical le pegaba la camisa al cuerpo, cogió un taxi que lo dejó a tres manzanas de su objetivo. Apia era una ciudad pequeña, con mucha vegetación por todas partes. Cuando llegó a la casa que estaba buscando pasó de largo, siguió caminando sin apenas mirarla, y al llegar a la esquina se paró y miró alrededor. El barrio residencial aparentaba lujo y dinero, probablemente se trataba del mejor de la ciudad, con calles anchas, ajardinadas, y bien iluminado, lo que no le convenía.
Comprobó por pura rutina que nadie le seguía y de hecho no había nadie en la calle. Las luces de las casas, especialmente de la que a él le importaba, estaban casi todas apagadas. Quería dar la apariencia de ser un turista perdido, con su flamante cámara de fotos colgando de la camisa hawaiana que había comprado en Wellington, así que se sentía a salvo de preguntas incómodas, pero era consciente de que no conseguiría nada dando vueltas delante de la casa. Renunció y volvió caminando al hotel. No había muchos taxis a medianoche en Apia.
Se levantó al día siguiente con un ímpetu renovado, decidido a no permitir que las circunstancias pudieran con él. Se dirigió en taxi al barrio más marginal de la ciudad. Le enseñó la cámara al taxista, le dijo que era reportero gráfico y que buscaba imágenes de pobreza. El hombre lo condujo a un barrio de chabolas y calles sin asfaltar. Al cabo de veinte minutos había comprado una buena pistola más barata que nunca, y se cercioró que funcionaba disparando al vendedor, un drogadicto lleno de tatuajes obscenos, usando una almohada de silenciador. Nunca invites a un asesino a tu casa, pensó mientras salía.
Volvió a vigilar la casa, y se dio cuenta de que justo la vivienda de enfrente tenía mucho correo, con el buzón rebosando cartas y folletos. Era como si el universo le estuviera devolviendo la suerte que le había quitado. Entrar en la casa fue un juego de niños, con aquella alarma obsoleta. Desde el dormitorio de la casa de enfrente tenía una vista perfecta de su objetivo, sabiendo que el hombre gordo que veía pasando a través de los ventanales del salón era su blanco. Pensó que si hubiera dispuesto de un rifle y no una pistola habría hecho el trabajo en ese momento. Pero se conformó con observar. El objetivo salió de la casa en un coche, con dos guardaespaldas. Lo primero era confirmar la identidad del blanco. Tenía varias fotos en la memoria de su cámara y un nombre, y necesitaba saber si eran de la misma persona. Supuso que el blanco no volvería hasta la noche, y ya no aprendería nada más desde esa posición. Podía colarse en la casa, ahora vacía. Pero al ir a saltar desde un jardín vecino se dio cuenta de que la casa contaba con cámaras de vigilancia bien camufladas, y dos perros que no había oído la noche anterior. También sensores de movimiento. Con razón pagaban tan generosamente el trabajo. Así que dedicaría el resto del día a verificar la identidad del blanco en otra parte. Su trabajo tal vez.
Mañana aun me queda un día entero, pensó intentando relajarse. Y en un día él podría hacer muchas cosas. Consiguió encontrar un taxi que le llevó al centro, y mientras sacaba dinero de un cajero vio por el rabillo del ojo el rostro de su objetivo en una valla publicitaria. No pudo evitarlo y empezó a reír. Era él, en una foto claramente alterada para reducir su obesidad, al lado de su nombre. El resto de palabras estaban en samoano y no las entendía, pero era evidente que era un cartel electoral. ¿Cómo era posible que no hubiera fotos del tipo en internet siendo político? Habrá alguna ley aquí contra la propaganda electoral en la red o algo así, pensó. No importaba. Tenía la confirmación. Volvería a su puesto de observación y esperaría a que volviera. Actuaría esa misma noche, alrededor de las dos de la mañana, cuando el sueño es más profundo y los guardaespaldas bajan las defensas. Compró algo en un puesto de comidas rápidas y una botella de agua y volvió a su escondite. Pero se quedó de piedra al ver que había un coche de policía en la puerta, junto a un todo terreno que sólo podía ser de los dueños. Así que habían vuelto de sus vacaciones y habían visto que la alarma estaba desactivada. Quizás incluso habían notado que las cortinas de su dormitorio estaban cerradas y algún mueble desplazado. Habían llamado a la policía y ahora su suerte volvía a torcerse. Necesitaba pensar, así que volvió a su hotel.
Tumbado en su cama, elaboró una estrategia, un plan B y una ruta de huida. Mentalmente recorrió varios escenarios posibles, con más guardaespaldas, o con vecinos que avisaban a la policía antes incluso de que empezara un hipotético tiroteo. Necesitaba algunas cosas, así que buscó una tienda de deportes, donde compró ropa y una bolsa poco sospechosa pero donde cabría hasta un cadáver llegado el caso. Después fue a varias ferreterías. Por algún motivo estaban casi todas cerradas, por las fiestas de fin de año pensó, y echó de menos su navaja suiza multiusos. Al fin dio con una tienda abierta, y compró un cuchillo, un martillo, una herramienta pela cables, un serrucho, cinta adhesiva y algunas cosas más. Ejecutó su plan a medianoche, aunque sufrió un buen susto. Estaba escalando una valla en la más completa oscuridad cuando el cielo se iluminó de repente. Se aceleraron sus pulsaciones al tiempo que apretaba sus manos contra el metal con fuerza. Pensó que se trataba de un helicóptero, que le habían cogido. Pero no, eran fuegos artificiales en la bahía de la ciudad. Celebrando el fin de año un día antes de tiempo, pensó un instante y siguió escalando. Empezó cortando la alimentación de los tres repetidores de telefonía móvil más cercanos a la casa. Después simplemente subió a los postes eléctricos, que llevaban también la señal de telefonía fija, y los desconectó. A partir de ahí, hubo mucha sangre (los perros no se rinden), algún hueso roto (cortesía de los guardaespaldas, que no se dejaron intimidar) y ninguna sirena de la policía. Sólo un hombre gordo, en pijama, llorando y rogando por su vida encima de su cama.
-¿Por qué?- preguntaba el aterrorizado y sorprendido hombre, señalando su reloj. -Ya es demasiado tarde- repitió.
Normalmente hacía caso omiso de sus víctimas, pero en aquella ocasión le pudo la curiosidad.
-¿Qué quiere decir con que es demasiado tarde? -dijo en vez de apretar el gatillo.
-Ya es demasiado tarde, ya es demasiado tarde. Ya no importa. Ya no tiene que matarme. Ahora ya no.
- No entiendo lo que pretende -el asesino levantó su arma apuntándole entre los ojos.
- ¡Espere! ¡Es 2012, ya es 2012! ¡La cláusula...
-¿Cómo que es 2012? -le interrumpió el asesino-. El hombre gordo miró con sorpresa al hombre que había venido a matarle.
-Hoy es domingo. Domingo uno de enero de 2012, y la cláusula...
-¡Si cree que puede conseguir algo con esa burda mentira se equivoca! ¡Es sábado!
-¡Es domingo! -repitió el hombre gordo desesperado- ¡Por Dios santo! ¿Es que no ha visto los fuegos artificiales? ¿Es que no ha oído a toda la gente celebrando el año nuevo? -Su objetivo se estaba incorporando, con lágrimas en la cara aunque algo en él había cambiado.
-¡No puede ser domingo! ¡Está intentando engañarme! -En aquel momento intuía que algo no encajaba.
-¡No lo sabe! ¡Por Dios santo, no lo sabe! -exclamaba el hombre desesperado, estrujando el pijama con sus sudorosas manos.
-¿Qué es lo que no sé? ¿Qué tendría que saber? ¡De que demonios me está usted hablando! -replicó mientras volvía a apuntarle. El hombre gordo se levantó con los brazos en alto. Caminó hacia atrás un par de pasos, mientras señalaba un calendario de grandes números colgado en la pared.
-¡No sabe que este viernes no existió! ¡El viernes! ¿Comprende?
-¡Qué clase de tonterías está diciendo! -los ojos del asesino se abrieron de par en par.
-¡No! ¡Es usted quien está equivocado! ¡Escúcheme se lo ruego! ¡Samoa decidió cambiar su posición en la línea horaria internacional, para poder comerciar mejor con Australia y Nueva Zelanda, con…
-Como hicieron con los coches -alcanzó a decir el asesino-.
-Sí, supongo -dijo el gordo, casi enojado por la interrupción-. -¡El caso es que en vez de ser el último país de la línea internacional queríamos ser el primero! ¿Lo entiende? ¡Por ese motivo el jueves por la noche a las 23 horas, 59 minutos y 59 segundos, cuando el reloj avanzó un segundo, pasaron a ser las doce de la noche del sábado 31 de diciembre! ¡Así que hoy ya es domingo!
-¡No puede ser!- Pero le faltaba el aliento. Algo estaba fallando.
-¡Se lo puedo demostrar! -afirmó el hombre gordo mientras señalaba el mando a distancia.
Al ver las imágenes en televisión el asesino tuvo que sentarse. Eran cerca de las tres de la madrugada, y los tradicionales programas de fin de año habían acabado, pero los subtítulos festivos, con un gran 2012 en brillantes colores, no daban lugar a error.
¡Era cierto, era el uno de enero! ¡Se lo habían advertido! ¡Tendría que haberlo matado unas horas antes! El tiempo había acabado, bajó el arma, y en aquel mismo instante supo que por primera vez en su vida había fallado, y que antes o después, tendría que pagar el precio.





jueves 29 de diciembre de 2011

El cine de 2012

Si es verdad que a finales de 2012 el apocalipsis maya ocurrirá, no será un mal año en cuanto a películas por lo menos :)
Estas son las 25 películas que más ganas tengo de ver en 2012, por orden de interés personal:
LOS VENGADORES. Quizás no sea la mejor, pero la idea de ver juntos a IRON MAN, THOR, EL CAPITAN AMERICA y HULK es algo que aún no me creo!!
EL HOBBIT. My preciouss!!!
EL CABALLERO OSCURO: LA LEYENDA RENACE. Soy Batman!
THE AMAZING SPIDER-MAN. Porque han usado mi idea de ponerle el nombre del cómic :)
WAR HORSE. Porque es Spielberg!
JOHN CARTER. Porque los libros originales inventaron la ciencia ficción.
PROMETHEUS. Porque hay 2 Ridley Scotts, y ésta peli parece que la ha hecho el bueno.
GRAVITY. Porque hay 1 Alfonso Cuarón, y es un crack.
WRECK IT RALPH. Una peli de Disney sobre un personaje de videojuegos. De hecho, debería ponerla la primera de mi lista!
BRAVE. Pixar
SKYFALL. James Bond
LA INVENCIÓN DE HUGO. Scorsese. En 3D. Para niños.
GUERRA MUNDIAL Z. Zombies con Brad Pitt.
FRANKENWEENIE. Zombies-perros animados con Tim Burton.
DJANGO UNCHAINED. Tarantino.
MILLENIUM 1. David Fincher.
DARK SHADOWS. Tim Burton directamente haciendo una gótica, sin excusas.
LOOPER. Nadie sabe exáctamente de qué va, pero el director me encanta.
47 RONIN. De un gran director de anuncios, con samurais y en 3D!
SHERLOCK HOLMES 2. Porque Steve me ha dicho que le ha encantado.
LINCOLN. Porque sigue siendo Spielberg!
THE BOURNE LEGACY. Otra de Bourne, sin Bourne. Me encantan.
RISE OF THE GUARDIANS. Santa Claus, el conejo de Pascua y compañía luchan contra el mal. Animación de Dreamworks. Puede estar muy bien.
WRATH OF THE TITANS. Otra de Perseo.
BATTLESHIP. Porque HUNDIR LA FLOTA era la idea más evidente para hacer una peli que le quedaba a HASBRO. Esperad a que empiecen a hacer pelis de los trolls esos y ya veréis...

Aquí podéis ver la lista en imdb, con links a todas las pelis.

domingo 27 de noviembre de 2011

Mi crítica en la prensa de "Un golpe de altura"



E.E.U.U. 2011. Comedia. 104 minutos.
Tres estrellas.
Director: Brett Ratner
Música: Christopher Beck
Director de fotografía: Dante Spinotti
Actores: Ben Stiller, Eddie Murphy

Un golpe bajo

Si repasamos las grandes comedias de los últimos veinte años, encontraríamos a varios de los protagonistas de “Un golpe de altura”: actores de la talla de Ben Stiller, Eddie Murphy o Matthew Broderick son expertos cómicos que aquí se encuentran con un guión que no da la talla. Y es una pena, porque la premisa es buena: quieren robar al millonario que les estafó, algo muy de moda ahora con Madoff y compañía. O quizás el punto débil sea el director, Brett Ratner, un personaje que ha escalado a las alturas de Hollywood sin que se sepa muy bien porqué, le falta talento y estos actores le vienen grande. Sí, la cinta es entretenida y se deja ver, y hay algunos intercambios muy graciosos, especialmente con Murphy, pero da rabia pensar que daba para mucho más y que difícilmente volveremos a ver a estos actores trabajar juntos.

domingo 30 de octubre de 2011

Crítica de "Los tres mosqueteros"


Alemania-E.E.U.U. 2011. Aventuras. 110 minutos.
Dos estrellas.
Director: Paul W.S. Anderson
Música: Paul Haslinger
Director de fotografía: Glen MacPherson
Actores: Logan Lerman, Milla Jovovich

Espadachines de altos vuelos

La necesidad continua de hacer “remakes” y readaptaciones de clásicos ha llegado a su máxima expresión con este film. Fiel en el fondo pero no en la forma, pues no había dirigibles gigantes con forma de barco ni batallas aéreas en el original, “Los tres mosqueteros” demuestra que las historias de Alejandro Dumas son indestructibles, por mucho que los guionistas no se hayan parado a trabajar en los personajes. Aquí, D´artagnan es uno de los protagonistas más planos de la historia del cine, y el actor que lo interpreta no es capaz de añadirle un mínimo de gracia. Con un elaboradísimo diseño de producción y algún que otro duelo bastante bien coreografiado, la película consigue mantener el interés del espectador, aunque al acabar se recuerda tan poco de ella que demuestra su bajo nivel. Lo peor es que el desenlace amenaza con una secuela, y el pobre Dumas debe estar dando vueltas en su tumba pensando si en ella habrá robots que funcionen con vapor...

Artículo sobre Steve Jobs que me publicaron el otro día

EL LEGADO DE STEVE JOBS


Imagínese usar todavía un teléfono móvil con botones y una minúscula pantalla, sin otras aplicaciones que una agenda básica y a lo mejor una calculadora. Y al llegar al trabajo, tener que teclear en el ordenador (en casa no habría) varias órdenes complejas para hacer una simple operación de copiar y pegar. Por no hablar de que sus hijos estarían emocionados porque, por fin, en el año 2011 se estrenara una película animada hecha íntegramente por ordenador. Este escenario podría haber ocurrido perfectamente de no haber existido Steve Jobs. Si la vida de una persona se puede cuantificar de alguna forma, quizás sea en el impacto que tiene en los demás, y en ese sentido hay poca gente en los últimos treinta años que haya cambiado más el mundo que el cofundador de Apple. Incluso los usuarios de Windows saben que Bill Gates le copió el concepto de hacer el PC un instrumento fácil y familiar, algo que acabó popularizando las computadoras de tal forma que “la era de la información” en la que ahora vivimos será un momento estudiado en las clases de Historia en los siglos venideros. Y cuando George Lucas no sabía que hacer con una rama de su negocio llamada Pixar, ahí estaba Jobs para comprarla al módico precio de 10 millones de dólares. Años después, tras el éxito de “Toy Story” y demás películas, la vendió a Disney tras unas duras negociaciones por 7.400 millones y se convirtió así en su máximo accionista. No tenía miedo al fracaso, habiendo abandonado sus estudios universitarios y fracasando, injustamente, en sus primeras empresas (le echaron de Apple cuando empezaba a despegar). Pero supo reponerse, y con sus presentaciones/shows y su olfato para los negocios demostró ser uno de los mejores empresarios que ha habido, creando una cultura empresarial en Apple que rayaba en la idolatría, y que él no intentaba disipar: siempre con los mismos vaqueros, jersey de cuello vuelto y gafas, un “look” muy específico. Hasta en un episodio de “Los Simpsons” se mofaron de ese culto a Jobs, pero lo cierto es que algo estaba haciendo bien. En estos tiempos en que los empresarios están siendo vilipendiados a diestro y siniestro, su figura resaltaba más aún. Quizás fuera resultado de crear un entorno de trabajo privilegiado para sus empleados, con un campus futurista (al igual que sus tiendas) donde miles de ingenieros diseñan el futuro. Su obsesión por el detalle, por pulir los defectos de sus productos y de su empresa le llevaron a la cima, y ese era su secreto. Más allá del iphone, del imac y del ipad, el legado de Steve Jobs está en hacer las cosas no bien, sino perfectas.

jueves 27 de octubre de 2011

Un relato corto

Cuando estudiaba cine en Los Ángeles tuve que escribir los guiones de mis cortos, y una de las historias que esbocé la rechazé en favor de lo que acabó siendo "Revolving doors", mi corto final. Esa historia rechazada la he adaptado a un formato de relato corto, a ver si os gusta:

“MEMORIA”
por Gonzalo Hernández Viciana

El viejo reloj marcaba las 6:59. El segundero subía, cada vez más cerca de llegar a su cumbre, y al hacerlo sonó la alarma. Sólo fue un instante, porque la mano de Ben estaba lista desde que él se despertó, mucho rato antes. Se inclinó hacia delante y recorrió con la vista su habitación. Podría ser mayor, un viejo como le llamaban los maleducados niños del barrio, pero sus ojos aún no le habían traicionado, no como otras partes de su cuerpo. Se olvidó por un momento de sus achaques mientras repasaba las fotos y los objetos que resumían su vida. La foto de sus padres, cuyo marco delataba su antigüedad más que el que fuera en blanco y negro y estuviera ligeramente movida. El trofeo que ganó en el colegio, tallado en madera porque en aquella época no había dinero para ostentaciones. Su medalla de la guerra, que el habría guardado en el armario si su mujer no se hubiera empeñado en tenerla visible. “Debes estar orgulloso de lo que hiciste allí, yo lo estoy” le había dicho. Aunque él no lo estaba, y de hecho seguía teniendo pesadillas, más de medio siglo después de la guerra. Su mujer. Ahí estaba ella, en tantas fotos, en el cuadro, en aquella portada para una revista. En todas partes menos a su lado. Había muerto hacía tiempo. Diez años, pensó él. Hoy hace diez años que murió. Y sintió un dolor físico, en su cabeza, que le hizo gemir por un instante, hasta que otro dolor lo reemplazó, el de su hombro. “Maldito hombro, tengo que decirle al doctor Mendelson que me dé algo” masculló mientras se levantaba. Caminó hacia el baño cuando recordó algo. Se dio la vuelta y allí estaban. Las píldoras para su dolor del hombro, junto al vaso del agua. Hizo una mueca y se las tragó. Bebió un trago del vaso y se dirigió al baño.
Mientras se duchaba, el agua impactando fuertemente contra su rostro, recordó un combate. Aquel tipo le estaba dando una paliza, tenía una herida en una ceja que no dejaba de sangrar y su entrenador le echaba un cubo de agua sobre la cabeza. Volvió a levantarse, miró el ring, y a su adversario en el otro extremo. Había mucho ruido, los fotógrafos y sus flashes siempre le molestaban, pero lo que más le molestaba era su rival, un hombre negro más alto y más fuerte que él, lo que no le preocupaba, pero sí el que fuera más rápido. Eso no le había pasado nunca, y temía no ganar por primera vez en mucho tiempo. El agua fría le sacó de la ensoñación. -¡Joder!-, gritó y se apresuró a cerrar el grifo. Nunca había soportado ducharse con agua fría, ni siquiera en verano, y había mandado instalar un termo de agua caliente del doble del tamaño normal cuando se compraron la casa, hacía ya mucho tiempo. “Algo le pasa al agua caliente. Se acaba muy pronto”, dijo con un gruñido mientras hablaba por teléfono con aquel estúpido fontanero italiano. “Un spaguetti inútil”, pensó mientras escuchaba al hombre quejarse de que no eran ni las ocho de la mañana, que era la hora a la que empezaba a trabajar. Le aseguró que se pasaría a lo largo del día, cuando tuviera un hueco. Ben colgó y murmuró -¡Italianos!-. Recordó que el primer hombre al que mató era italiano, pero de verdad, durante la guerra. El hombre era un prisionero. Estaba gordo y llevaba un uniforme de oficial. “Alguien importante” pensó Ben mientras le apuntaba con su pistola. Aquel gordo le enseñaba unos papeles, prácticamente se los ponía en la cara y gritaba cosas incomprensibles. Ben no sabía lo que quería, sólo sabía que le molestaba y que había matado a dos compañeros suyos antes de que lo capturaran. El resto de su unidad seguía buscando enemigos y él estaba cuidando de aquel tipo. Estaba harto. Cuando volvió a gritarle, le disparó en la cabeza, atravesando aquellos papeles que agitaba sin cesar. Cayeron sobre su rostro y se llenaron de sangre, Ben nunca supo lo que decían. Se vistió. Al acabar vio que tenía la caja de las pastillas para su dolor de hombro encima de la mesita de noche. ¿Se las había tomado hoy? No se acordaba, así que por si acaso se tomó dos. Un perro ladraba en algún lugar.
Ben volvió a sacar las tostadas y meterlas otra vez. Enchufó el tostador. Apretó los botones. No ocurrió nada, y ya se estaba cansando. “Y ese maldito perro sigue ladrando”, pensó furioso. Hacía días que el tostador no funcionaba, pero nunca se acordaba de llevarlo a reparar. “¿O lo llevé pero me dijeron que no sabían arreglarlo, que comprara uno nuevo?” pensó sin estar seguro. De cualquier modo, ahora quería tostadas, y tendría tostadas. Volvió a probar, en otro enchufe. El perro seguía ladrando. El tostador seguía sin seguir sus órdenes. De pronto, las tostadas saltaron y Ben se echó hacia atrás para evitarlas. Su rival intentó un gancho de izquierda y Ben lo esquivó fácilmente. “Ahora es mi turno” pensó, y lanzó su contraataque. Pero aquel negro se cubría bien, y lo único que conseguía Ben era cansarse. Pero siguió golpeando, y cuando no podía más, continuó. Así hasta que derribó a aquel gigante de ébano. Ben recuperó el equilibrio, tras casi caerse al esquivar las tostadas, y su rostro se endureció. “Estoy harto de ese maldito perro”, gritó para sí mientras tiraba la tostadora a la basura. Salió tan rápido como un hombre de su edad era capaz y caminó hacia la casa de su vecina.
-¡Señora Hindenberg, o hace usted callar a su perro o lo haré yo!, amenazó Ben a través de la puerta a la menuda anciana. -¡Si toca a mi perro llamaré a la policía! contestó ella desafiante, aún en pijama. No era la primera vez que se enfrentaban por el perro, y ella conocía la rutina. -¡No, yo llamaré a la policía y les diré que hay una mujer nazi viviendo en mi calle, y que su perro tiene la rabia!, replicó Ben. Se dio la vuelta y volvió a casa, mientras ella le gritaba algo acerca de que era judía y de que nació en Brooklyn.
Ben se comió un plátano mientras miraba la tostadora, medio metida en la basura, y las tostadas, aún en el suelo donde habían caído tras su breve parábola huyendo de su destino. “Tengo que acordarme de comprar una tostadora”, pensó mientras se comía sin ganas la fruta. Le gustaban las tostadas y tendría tostadas al día siguiente. Cogió la cartera y se dirigió a la calle, sin reparar la nota que decía “Médico a las once”.
Sonó la alarma, de nuevo sólo un instante, y Ben la apagó, pero se llevó rápidamente la mano al hombro. “Maldito hombro, tengo que decirle a ese médico de tercera que me dé algo” pensó. No había dormido bien, últimamente tenía pesadillas, recordaba la guerra y se despertaba sudando. No es que necesitara dormir mucho a su edad, pero quería dormir sin recordar las cosas terribles que vio y que hizo en el Pacífico. Se levantó enfadado, tropezó y se cayó sin hacerse daño.- ¡Maldita sea!-, gritó hacia nadie en particular.
Mientras se duchaba, el vapor del agua caliente creando una niebla en el cuarto de baño, volvieron los recuerdos. Apenas veía nada. “Los japoneses podrían estar justo delante y no los vería”, pensó el soldado Ben. Estaba en una trinchera, si se podía llamar así a un agujero mal cavado por un puñado de críos hambrientos y enfermos. Le tocaba la guardia, y con su suerte le había tocado también la niebla. Sabían que había japoneses cerca, pero no cuántos eran. En su unidad estaban en las últimas, sin provisiones ni apenas munición. Ben era el más sano, con su cuerpo de boxeador casi intacto, y le habían encargado la vigilancia. Prestó atención a un ruido, como una rama al partirse. Al mirar no vio nada, la niebla lo cubría todo. Pero oyó unos pasos, y siguió mirando. Allí estaba, surgiendo como un espectro, un soldado japonés. Debía tener la edad de Ben, pero era muy delgado y no tenía buena cara. Sostenía su arma con miedo, sin decisión, y andaba sin rumbo. Después de unos instantes estuvo claro que estaba solo. Cuando el soldado pasó de largo, Ben no lo pensó dos veces y salió detrás de él, con su cuchillo en la mano. Era mejor que dispararle, porque así no lo oirían. Se aproximó por detrás, le tapó la boca con la mano izquierda y hundió el puñal en su espalda.
Ben estaba mirando la luz de la escalera del sótano. Miró, confundido por un instante, se estiró para apagarla (un gesto que su mujer siempre había pensado que era peligroso mientras él se reía de su baja altura) y cerró la puerta. “¿Qué estaba haciendo?” pensó, y el rugir de su estómago le llevó hacia la cocina. “Debo haberme despistado con algo. El desayuno, eso es lo que estaba haciendo.” Se puso a ello, aunque no encontraba la tostadora, pero tenía mucha hambre y no dejó que eso le molestara. “Maldita sea”, pensó. “Se me ha acabado el azúcar” dijo para sí. “Espero que la bruja nazi tenga suministros” murmuró. Se acercó a su puerta, tocó varias veces, pero lo único que consiguió fue tener más hambre y que el maldito perro le ladrara. Se dio la vuelta y se fue a casa. Vio que el repartidor de periódicos le había vuelto a tirar su ejemplar en vez de meterlo en el buzón como le había dicho tantas veces, y maldijo a sus antepasados (no estaba seguro de si eran europeos o asiáticos, así que fue una maldición indeterminada) mientras se agachaba a recogerlo. Al sentarse a leerlo, después de desayunar tostadas sin tostar, se fijó en una noticia que le heló la sangre. Su médico, el doctor Wilson, había desaparecido. “Dios mío” murmuró. Leyó la noticia rápidamente. Habían encontrado sangre en su oficina, pero como trabajaba en una zona aislada, sin recepcionista, no había más pistas. Ben llamó a la policía. “Estuve ayer en su consulta” les dijo. La policía, hispana pensó él, le dijo que mandarían a alguien a su casa para hablar con él más detalladamente.
Sentado en el salón, mientras esperaba a la policía, Ben recordó su visita. “¿Fue ayer, verdad?” pensó no muy convencido. Ben estaba en la consulta. El doctor Wilson estaba serio. “Ben, hemos encontrado algo al hacerte la prueba.” le dijo. Ben salió de su ensoñación y se fue a la cocina. Vio el tostador en la basura, lo cogió y decidió arreglarlo él mismo. “Necesito mis herramientas” pensó, y sin saber por qué le recorrió un sudor frío por la espalda. Las tenía en el sótano, aunque hacía mucho tiempo que no bajaba. De hecho, no recordaba la última vez que lo había hecho. Con la tostadora rota en una mano, se estiró para encender la luz. Ben pensó que era cierto aquello de que al envejecer uno encoje, porque ya no llegaba tan bien hasta la cadena de la bombilla. Por un instante pareció que iba a caerse, pero se apoyó en la pared y encendió la luz sin perder el equilibrio. La proximidad de la luz le cegó, y recordó otra luz brillante. Estaba en la consulta del doctor Wilson. El cuarto estaba oscuro, salvo por la luz que provenía de la pared donde estaban las radiografías. “Es un tumor, Ben -le decía el médico- en tu cerebro”. Confundido, empezó a bajar la escalera. Al bajar el tercer escalón, pisó el cable de la tostadora y cayó.
El fontanero estaba mirando el termo, que estaba en el sótano, mientras Ben discutía con él. “Está todo bien. No hay fugas ni fallos de alimentación” repetía el hombre, mientras Ben se enfadaba cada vez más. “El agua caliente se acaba enseguida. Siempre se acaba” gritó. “Tranquilícese abuelo”, replicó el fontanero y se dio la vuelta para cerrar su caja de herramientas. Ben cogió una llave inglesa y le golpeó. El hombre trataba de defenderse, se cubría como un boxeador, pero Ben le golpeaba con una furia tremenda, y la llave pesaba mucho. El fontanero gritaba, cayó al suelo y Ben siguió golpeando hasta que no pudo más.
Ben rodaba escaleras abajo, y lo que recordaba en esos segundos le confundía tanto que no sentía el dolor mientras sus huesos se partían. Cubierto de sangre, Ben se duchó. Ben veía el cuerpo del fontanero más allá de la escalera, pero había otros. En la consulta, una bala atravesaba la radiografía de Ben y el rostro del doctor. La espina dorsal de Ben se partió y por fin su cuerpo se detuvo al final de la escalera. En los últimos instantes de su vida, Ben sólo pudo ver el rostro de la señora Hindenberg, a unos centímetros del suyo. Ben, de noche, se arrastraba por el jardín de su vecina. El perro ladraba y ella salió para ver qué pasaba. Ben se acercó por detrás, le tapó la boca con la mano izquierda y le clavó un cuchillo.
La agente de policía entró en la casa pistola en mano. Aquel hombre sería un anciano, pero era el último paciente que había visto al médico con vida, la furgoneta de un fontanero desaparecido estaba en la puerta de su casa y al ir a preguntar a la vecina se había encontrado un perro degollado y un rastro de sangre. No correría un riesgo. Vio el salón desordenado, la cocina sucia, y una puerta abierta con una luz encendida que llevaba al sótano. Bajó la escalera.