Si es verdad que a finales de 2012 el apocalipsis maya ocurrirá, no será un mal año en cuanto a películas por lo menos :)
Estas son las 25 películas que más ganas tengo de ver en 2012, por orden de interés personal:
LOS VENGADORES. Quizás no sea la mejor, pero la idea de ver juntos a IRON MAN, THOR, EL CAPITAN AMERICA y HULK es algo que aún no me creo!!
EL HOBBIT. My preciouss!!!
EL CABALLERO OSCURO: LA LEYENDA RENACE. Soy Batman!
THE AMAZING SPIDER-MAN. Porque han usado mi idea de ponerle el nombre del cómic :)
WAR HORSE. Porque es Spielberg!
JOHN CARTER. Porque los libros originales inventaron la ciencia ficción.
PROMETHEUS. Porque hay 2 Ridley Scotts, y ésta peli parece que la ha hecho el bueno.
GRAVITY. Porque hay 1 Alfonso Cuarón, y es un crack.
WRECK IT RALPH. Una peli de Disney sobre un personaje de videojuegos. De hecho, debería ponerla la primera de mi lista!
BRAVE. Pixar
SKYFALL. James Bond
LA INVENCIÓN DE HUGO. Scorsese. En 3D. Para niños.
GUERRA MUNDIAL Z. Zombies con Brad Pitt.
FRANKENWEENIE. Zombies-perros animados con Tim Burton.
DJANGO UNCHAINED. Tarantino.
MILLENIUM 1. David Fincher.
DARK SHADOWS. Tim Burton directamente haciendo una gótica, sin excusas.
LOOPER. Nadie sabe exáctamente de qué va, pero el director me encanta.
47 RONIN. De un gran director de anuncios, con samurais y en 3D!
SHERLOCK HOLMES 2. Porque Steve me ha dicho que le ha encantado.
LINCOLN. Porque sigue siendo Spielberg!
THE BOURNE LEGACY. Otra de Bourne, sin Bourne. Me encantan.
RISE OF THE GUARDIANS. Santa Claus, el conejo de Pascua y compañía luchan contra el mal. Animación de Dreamworks. Puede estar muy bien.
WRATH OF THE TITANS. Otra de Perseo.
BATTLESHIP. Porque HUNDIR LA FLOTA era la idea más evidente para hacer una peli que le quedaba a HASBRO. Esperad a que empiecen a hacer pelis de los trolls esos y ya veréis...
Aquí podéis ver la lista en imdb, con links a todas las pelis.
jueves, 29 de diciembre de 2011
domingo, 27 de noviembre de 2011
Mi crítica en la prensa de "Un golpe de altura"
E.E.U.U. 2011. Comedia. 104 minutos.
Tres estrellas.
Director: Brett Ratner
Música: Christopher Beck
Director de fotografía: Dante Spinotti
Actores: Ben Stiller, Eddie Murphy
Un golpe bajo
Si repasamos las grandes comedias de
los últimos veinte años, encontraríamos a varios de los
protagonistas de “Un golpe de altura”: actores de la talla de Ben
Stiller, Eddie Murphy o Matthew Broderick son expertos cómicos que
aquí se encuentran con un guión que no da la talla. Y es una pena,
porque la premisa es buena: quieren robar al millonario que les
estafó, algo muy de moda ahora con Madoff y compañía. O quizás el
punto débil sea el director, Brett Ratner, un personaje que ha
escalado a las alturas de Hollywood sin que se sepa muy bien porqué,
le falta talento y estos actores le vienen grande. Sí, la cinta es
entretenida y se deja ver, y hay algunos intercambios muy graciosos,
especialmente con Murphy, pero da rabia pensar que daba para mucho
más y que difícilmente volveremos a ver a estos actores trabajar
juntos.
domingo, 30 de octubre de 2011
Crítica de "Los tres mosqueteros"
Alemania-E.E.U.U. 2011. Aventuras. 110
minutos.
Dos estrellas.
Director: Paul W.S. Anderson
Música: Paul Haslinger
Director de fotografía: Glen
MacPherson
Actores: Logan Lerman, Milla Jovovich
Espadachines de altos vuelos
La necesidad continua de hacer
“remakes” y readaptaciones de clásicos ha llegado a su máxima
expresión con este film. Fiel en el fondo pero no en la forma, pues
no había dirigibles gigantes con forma de barco ni batallas aéreas
en el original, “Los tres mosqueteros” demuestra que las
historias de Alejandro Dumas son indestructibles, por mucho que los
guionistas no se hayan parado a trabajar en los personajes. Aquí,
D´artagnan es uno de los protagonistas más planos de la historia
del cine, y el actor que lo interpreta no es capaz de añadirle un
mínimo de gracia. Con un elaboradísimo diseño de producción y
algún que otro duelo bastante bien coreografiado, la película
consigue mantener el interés del espectador, aunque al acabar se
recuerda tan poco de ella que demuestra su bajo nivel. Lo peor es que
el desenlace amenaza con una secuela, y el pobre Dumas debe estar
dando vueltas en su tumba pensando si en ella habrá robots que
funcionen con vapor...
Artículo sobre Steve Jobs que me publicaron el otro día
EL LEGADO DE STEVE JOBS
Imagínese usar todavía un teléfono
móvil con botones y una minúscula pantalla, sin otras aplicaciones
que una agenda básica y a lo mejor una calculadora. Y al llegar al
trabajo, tener que teclear en el ordenador (en casa no habría)
varias órdenes complejas para hacer una simple operación de copiar
y pegar. Por no hablar de que sus hijos estarían emocionados porque,
por fin, en el año 2011 se estrenara una película animada hecha
íntegramente por ordenador. Este escenario podría haber ocurrido
perfectamente de no haber existido Steve Jobs. Si la vida de una
persona se puede cuantificar de alguna forma, quizás sea en el
impacto que tiene en los demás, y en ese sentido hay poca gente en
los últimos treinta años que haya cambiado más el mundo que el
cofundador de Apple. Incluso los usuarios de Windows saben que Bill
Gates le copió el concepto de hacer el PC un instrumento fácil y
familiar, algo que acabó popularizando las computadoras de tal forma
que “la era de la información” en la que ahora vivimos será un
momento estudiado en las clases de Historia en los siglos venideros.
Y cuando George Lucas no sabía que hacer con una rama de su negocio
llamada Pixar, ahí estaba Jobs para comprarla al módico precio de
10 millones de dólares. Años después, tras el éxito de “Toy
Story” y demás películas, la vendió a Disney tras unas duras
negociaciones por 7.400 millones y se convirtió así en su máximo
accionista. No tenía miedo al fracaso, habiendo abandonado sus
estudios universitarios y fracasando, injustamente, en sus primeras
empresas (le echaron de Apple cuando empezaba a despegar). Pero supo
reponerse, y con sus presentaciones/shows y su olfato para los
negocios demostró ser uno de los mejores empresarios que ha habido,
creando una cultura empresarial en Apple que rayaba en la idolatría,
y que él no intentaba disipar: siempre con los mismos vaqueros,
jersey de cuello vuelto y gafas, un “look” muy específico. Hasta
en un episodio de “Los Simpsons” se mofaron de ese culto a Jobs,
pero lo cierto es que algo estaba haciendo bien. En estos tiempos en
que los empresarios están siendo vilipendiados a diestro y
siniestro, su figura resaltaba más aún. Quizás fuera resultado de
crear un entorno de trabajo privilegiado para sus empleados, con un
campus futurista (al igual que sus tiendas) donde miles de ingenieros
diseñan el futuro. Su obsesión por el detalle, por pulir los
defectos de sus productos y de su empresa le llevaron a la cima, y
ese era su secreto. Más allá del iphone, del imac y del ipad, el
legado de Steve Jobs está en hacer las cosas no bien, sino
perfectas.
jueves, 27 de octubre de 2011
Un relato corto
Cuando estudiaba cine en Los Ángeles tuve que escribir los guiones de mis cortos, y una de las historias que esbocé la rechazé en favor de lo que acabó siendo "Revolving doors", mi corto final. Esa historia rechazada la he adaptado a un formato de relato corto, a ver si os gusta:
“MEMORIA”
por Gonzalo Hernández
Viciana
El viejo reloj marcaba
las 6:59. El segundero subía, cada vez más cerca de llegar a su
cumbre, y al hacerlo sonó la alarma. Sólo fue un instante, porque
la mano de Ben estaba lista desde que él se despertó, mucho rato
antes. Se inclinó hacia delante y recorrió con la vista su
habitación. Podría ser mayor, un viejo como le llamaban los
maleducados niños del barrio, pero sus ojos aún no le habían
traicionado, no como otras partes de su cuerpo. Se olvidó por un
momento de sus achaques mientras repasaba las fotos y los objetos que
resumían su vida. La foto de sus padres, cuyo marco delataba su
antigüedad más que el que fuera en blanco y negro y estuviera
ligeramente movida. El trofeo que ganó en el colegio, tallado en
madera porque en aquella época no había dinero para ostentaciones.
Su medalla de la guerra, que el habría guardado en el armario si su
mujer no se hubiera empeñado en tenerla visible. “Debes estar
orgulloso de lo que hiciste allí, yo lo estoy” le había dicho.
Aunque él no lo estaba, y de hecho seguía teniendo pesadillas, más
de medio siglo después de la guerra. Su mujer. Ahí estaba ella, en
tantas fotos, en el cuadro, en aquella portada para una revista. En
todas partes menos a su lado. Había muerto hacía tiempo. Diez años,
pensó él. Hoy hace diez años que murió. Y sintió un dolor
físico, en su cabeza, que le hizo gemir por un instante, hasta que
otro dolor lo reemplazó, el de su hombro. “Maldito hombro, tengo
que decirle al doctor Mendelson que me dé algo” masculló mientras
se levantaba. Caminó hacia el baño cuando recordó algo. Se dio la
vuelta y allí estaban. Las píldoras para su dolor del hombro, junto
al vaso del agua. Hizo una mueca y se las tragó. Bebió un trago del
vaso y se dirigió al baño.
Mientras se duchaba, el
agua impactando fuertemente contra su rostro, recordó un combate.
Aquel tipo le estaba dando una paliza, tenía una herida en una
ceja que no dejaba de sangrar y su entrenador le echaba un cubo de
agua sobre la cabeza. Volvió a levantarse, miró el ring, y a su
adversario en el otro extremo. Había mucho ruido, los fotógrafos y
sus flashes siempre le molestaban, pero lo que más le molestaba era
su rival, un hombre negro más alto y más fuerte que él, lo que no
le preocupaba, pero sí el que fuera más rápido. Eso no le había
pasado nunca, y temía no ganar por primera vez en mucho tiempo.
El agua fría le sacó de la ensoñación. -¡Joder!-, gritó y se
apresuró a cerrar el grifo. Nunca había soportado ducharse con agua
fría, ni siquiera en verano, y había mandado instalar un termo de
agua caliente del doble del tamaño normal cuando se compraron la
casa, hacía ya mucho tiempo. “Algo le pasa al agua caliente. Se
acaba muy pronto”, dijo con un gruñido mientras hablaba por
teléfono con aquel estúpido fontanero italiano. “Un spaguetti
inútil”, pensó mientras escuchaba al hombre quejarse de que no
eran ni las ocho de la mañana, que era la hora a la que empezaba a
trabajar. Le aseguró que se pasaría a lo largo del día, cuando
tuviera un hueco. Ben colgó y murmuró -¡Italianos!-. Recordó
que el primer hombre al que mató era italiano, pero de verdad,
durante la guerra. El hombre era un prisionero. Estaba gordo y
llevaba un uniforme de oficial. “Alguien importante” pensó Ben
mientras le apuntaba con su pistola. Aquel gordo le enseñaba unos
papeles, prácticamente se los ponía en la cara y gritaba cosas
incomprensibles. Ben no sabía lo que quería, sólo sabía que le
molestaba y que había matado a dos compañeros suyos antes de que lo
capturaran. El resto de su unidad seguía buscando enemigos y él
estaba cuidando de aquel tipo. Estaba harto. Cuando volvió a
gritarle, le disparó en la cabeza, atravesando aquellos papeles que
agitaba sin cesar. Cayeron sobre su rostro y se llenaron de sangre,
Ben nunca supo lo que decían. Se vistió. Al acabar vio que
tenía la caja de las pastillas para su dolor de hombro encima de la
mesita de noche. ¿Se las había tomado hoy? No se acordaba, así que
por si acaso se tomó dos. Un perro ladraba en algún lugar.
Ben volvió a sacar las
tostadas y meterlas otra vez. Enchufó el tostador. Apretó los
botones. No ocurrió nada, y ya se estaba cansando. “Y ese maldito
perro sigue ladrando”, pensó furioso. Hacía días que el tostador
no funcionaba, pero nunca se acordaba de llevarlo a reparar. “¿O
lo llevé pero me dijeron que no sabían arreglarlo, que comprara uno
nuevo?” pensó sin estar seguro. De cualquier modo, ahora quería
tostadas, y tendría tostadas. Volvió a probar, en otro enchufe. El
perro seguía ladrando. El tostador seguía sin seguir sus órdenes.
De pronto, las tostadas saltaron y Ben se echó hacia atrás para
evitarlas. Su rival intentó un gancho de izquierda y Ben lo
esquivó fácilmente. “Ahora es mi turno” pensó, y lanzó su
contraataque. Pero aquel negro se cubría bien, y lo único que
conseguía Ben era cansarse. Pero siguió golpeando, y cuando no
podía más, continuó. Así hasta que derribó a aquel gigante de
ébano. Ben recuperó el equilibrio, tras casi caerse al esquivar
las tostadas, y su rostro se endureció. “Estoy harto de ese
maldito perro”, gritó para sí mientras tiraba la tostadora a la
basura. Salió tan rápido como un hombre de su edad era capaz y
caminó hacia la casa de su vecina.
-¡Señora Hindenberg, o
hace usted callar a su perro o lo haré yo!, amenazó Ben a través
de la puerta a la menuda anciana. -¡Si toca a mi perro llamaré a la
policía! contestó ella desafiante, aún en pijama. No era la
primera vez que se enfrentaban por el perro, y ella conocía la
rutina. -¡No, yo llamaré a la policía y les diré que hay una
mujer nazi viviendo en mi calle, y que su perro tiene la rabia!,
replicó Ben. Se dio la vuelta y volvió a casa, mientras ella le
gritaba algo acerca de que era judía y de que nació en Brooklyn.
Ben se comió un plátano
mientras miraba la tostadora, medio metida en la basura, y las
tostadas, aún en el suelo donde habían caído tras su breve
parábola huyendo de su destino. “Tengo que acordarme de comprar
una tostadora”, pensó mientras se comía sin ganas la fruta. Le
gustaban las tostadas y tendría tostadas al día siguiente. Cogió
la cartera y se dirigió a la calle, sin reparar la nota que decía
“Médico a las once”.
Sonó la alarma, de
nuevo sólo un instante, y Ben la apagó, pero se llevó rápidamente
la mano al hombro. “Maldito hombro, tengo que decirle a ese médico
de tercera que me dé algo” pensó. No había dormido bien,
últimamente tenía pesadillas, recordaba la guerra y se despertaba
sudando. No es que necesitara dormir mucho a su edad, pero quería
dormir sin recordar las cosas terribles que vio y que hizo en el
Pacífico. Se levantó enfadado, tropezó y se cayó sin hacerse
daño.- ¡Maldita sea!-, gritó hacia nadie en particular.
Mientras se duchaba, el
vapor del agua caliente creando una niebla en el cuarto de baño,
volvieron los recuerdos. Apenas veía nada. “Los japoneses
podrían estar justo delante y no los vería”, pensó el soldado
Ben. Estaba en una trinchera, si se podía llamar así a un agujero
mal cavado por un puñado de críos hambrientos y enfermos. Le tocaba
la guardia, y con su suerte le había tocado también la niebla.
Sabían que había japoneses cerca, pero no cuántos eran. En su
unidad estaban en las últimas, sin provisiones ni apenas munición.
Ben era el más sano, con su cuerpo de boxeador casi intacto, y le
habían encargado la vigilancia. Prestó atención a un ruido, como
una rama al partirse. Al mirar no vio nada, la niebla lo cubría
todo. Pero oyó unos pasos, y siguió mirando. Allí estaba,
surgiendo como un espectro, un soldado japonés. Debía tener la edad
de Ben, pero era muy delgado y no tenía buena cara. Sostenía su
arma con miedo, sin decisión, y andaba sin rumbo. Después de unos
instantes estuvo claro que estaba solo. Cuando el soldado pasó de
largo, Ben no lo pensó dos veces y salió detrás de él, con su
cuchillo en la mano. Era mejor que dispararle, porque así no lo
oirían. Se aproximó por detrás, le tapó la boca con la mano
izquierda y hundió el puñal en su espalda.
Ben estaba mirando la
luz de la escalera del sótano. Miró, confundido por un instante, se
estiró para apagarla (un gesto que su mujer siempre había pensado
que era peligroso mientras él se reía de su baja altura) y cerró
la puerta. “¿Qué estaba haciendo?” pensó, y el rugir de su
estómago le llevó hacia la cocina. “Debo haberme despistado con
algo. El desayuno, eso es lo que estaba haciendo.” Se puso a ello,
aunque no encontraba la tostadora, pero tenía mucha hambre y no dejó
que eso le molestara. “Maldita sea”, pensó. “Se me ha acabado
el azúcar” dijo para sí. “Espero que la bruja nazi tenga
suministros” murmuró. Se acercó a su puerta, tocó varias veces,
pero lo único que consiguió fue tener más hambre y que el maldito
perro le ladrara. Se dio la vuelta y se fue a casa. Vio que el
repartidor de periódicos le había vuelto a tirar su ejemplar en vez
de meterlo en el buzón como le había dicho tantas veces, y maldijo
a sus antepasados (no estaba seguro de si eran europeos o asiáticos,
así que fue una maldición indeterminada) mientras se agachaba a
recogerlo. Al sentarse a leerlo, después de desayunar tostadas sin
tostar, se fijó en una noticia que le heló la sangre. Su médico,
el doctor Wilson, había desaparecido. “Dios mío” murmuró. Leyó
la noticia rápidamente. Habían encontrado sangre en su oficina,
pero como trabajaba en una zona aislada, sin recepcionista, no había
más pistas. Ben llamó a la policía. “Estuve ayer en su consulta”
les dijo. La policía, hispana pensó él, le dijo que mandarían a
alguien a su casa para hablar con él más detalladamente.
Sentado en el salón,
mientras esperaba a la policía, Ben recordó su visita. “¿Fue
ayer, verdad?” pensó no muy convencido. Ben estaba en la
consulta. El doctor Wilson estaba serio. “Ben, hemos encontrado
algo al hacerte la prueba.” le dijo. Ben salió de su
ensoñación y se fue a la cocina. Vio el tostador en la basura, lo
cogió y decidió arreglarlo él mismo. “Necesito mis herramientas”
pensó, y sin saber por qué le recorrió un sudor frío por la
espalda. Las tenía en el sótano, aunque hacía mucho tiempo que no
bajaba. De hecho, no recordaba la última vez que lo había hecho.
Con la tostadora rota en una mano, se estiró para encender la luz.
Ben pensó que era cierto aquello de que al envejecer uno encoje,
porque ya no llegaba tan bien hasta la cadena de la bombilla. Por un
instante pareció que iba a caerse, pero se apoyó en la pared y
encendió la luz sin perder el equilibrio. La proximidad de la luz le
cegó, y recordó otra luz brillante. Estaba en la consulta del
doctor Wilson. El cuarto estaba oscuro, salvo por la luz que provenía
de la pared donde estaban las radiografías. “Es un tumor, Ben -le
decía el médico- en tu cerebro”. Confundido, empezó a bajar
la escalera. Al bajar el tercer escalón, pisó el cable de la
tostadora y cayó.
El fontanero estaba
mirando el termo, que estaba en el sótano, mientras Ben discutía
con él. “Está todo bien. No hay fugas ni fallos de alimentación”
repetía el hombre, mientras Ben se enfadaba cada vez más. “El
agua caliente se acaba enseguida. Siempre se acaba” gritó.
“Tranquilícese abuelo”, replicó el fontanero y se dio la vuelta
para cerrar su caja de herramientas. Ben cogió una llave inglesa y
le golpeó. El hombre trataba de defenderse, se cubría como un
boxeador, pero Ben le golpeaba con una furia tremenda, y la llave
pesaba mucho. El fontanero gritaba, cayó al suelo y Ben siguió
golpeando hasta que no pudo más.
Ben rodaba
escaleras abajo, y lo que recordaba en esos segundos le confundía
tanto que no sentía el dolor mientras sus huesos se partían.
Cubierto de sangre, Ben se duchó. Ben veía el cuerpo del
fontanero más allá de la escalera, pero había otros. En la
consulta, una bala atravesaba la radiografía de Ben y el rostro del
doctor. La espina dorsal de Ben se partió y por fin su cuerpo se
detuvo al final de la escalera. En los últimos instantes de su vida,
Ben sólo pudo ver el rostro de la señora Hindenberg, a unos
centímetros del suyo. Ben, de noche, se arrastraba por el jardín
de su vecina. El perro ladraba y ella salió para ver qué pasaba.
Ben se acercó por detrás, le tapó la boca con la mano izquierda y
le clavó un cuchillo.
La agente de policía
entró en la casa pistola en mano. Aquel hombre sería un anciano,
pero era el último paciente que había visto al médico con vida, la
furgoneta de un fontanero desaparecido estaba en la puerta de su casa
y al ir a preguntar a la vecina se había encontrado un perro
degollado y un rastro de sangre. No correría un riesgo. Vio el salón
desordenado, la cocina sucia, y una puerta abierta con una luz
encendida que llevaba al sótano. Bajó la escalera.
Artículo sobre Steve Jobs
Hoy han publicado en la prensa mi artículo sobre Jobs, era una versión abreviada del que tenéis aquí:
EL LEGADO DE STEVE JOBS
por Gonzalo Hernández Viciana
Imagínese usar todavía un teléfono
móvil con botones y una minúscula pantalla, sin otras aplicaciones
que una agenda básica y a lo mejor una calculadora. Y al llegar al
trabajo, tener que teclear en el ordenador (en casa no habría)
varias órdenes complejas para hacer una simple operación de copiar
y pegar. Por no hablar de que sus hijos estárían emocionados
porque, por fin, en el año 2011 se estrenara una película animada
hecha íntegramente por ordenador. Este escenario podría haber
ocurrido perfectamente de no haber existido Steve Jobs. Si la vida de
una persona se puede cuantificar de alguna forma, quizás sea en el
impacto que tiene en los demás, y en ese sentido hay poca gente en
los últimos treinta años que haya cambiado más el mundo que el
cofundador de Apple. Incluso los usuarios de Windows saben que Bill
Gates le copió el concepto de hacer el PC un instrumento fácil y
familiar, algo que acabó popularizando las computadoras de tal forma
que “la era de la información” en la que ahora vivimos será un
momento estudiado en las clases de Historia en los siglos venideros.
Además, Steve Jobs, con sus presentaciones/shows y su olfato para
los negocios demostró ser uno de los mejores empresarios que ha
habido, creando una cultura empresarial en Apple que rayaba en la
idolatría. En estos tiempos en que los empresarios están siendo
vilipendiados a diestro y siniestro, su figura resaltaba más aún.
Quizás fuera resultado de crear un entorno de trabajo privilegiado
para sus empleados, con un campus futurista (al igual que sus
tiendas) donde miles de ingenieros diseñan el futuro. Su obsesión
por el detalle, por pulir los defectos de sus productos y de su
empresa le llevaron a la cima, y ese era su secreto. Más allá del
iphone, del imac y del ipad, el legado de Steve Jobs está en hacer
las cosas no bien, sino perfectas.
martes, 18 de octubre de 2011
NO BORRES TUS FOTOS MOVIDAS
Algún día podrías recuperarlas con Photoshop. Acaban de hacer una demo impresionante, aquí está la prueba. Además mostraron un sistema de sincronizar el sonido automáticamente cuando se sustituyen los diálogos que es la bomba..
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